Que le follen a David Dunn. Yo siempre quise ser Don Cristal, Magneto, Lex Luthor. El Pingüino, Venom, Harvey Dent. Seguro que esto también les pasará a ustedes. Siempre nos identificamos con los malos de la peli. Queríamos que John Doe cortara la cabeza de Gwyneth Paltrow en "Seven". Lo queríamos...Aunque nos cueste reconocerlo.

¿Y a qué carajo viene todo esto? La primera respuesta es que hace más de cuarenta grados y el calor me deprime. La segunda es que tengo una resaca de tres pares de cojones. La tercera es de índole más personal y es la que les contaré aquí.

Suelo escribir en mis guiones sobre vivencias personales. Hablo de mí, pongo toda la carne en el asador. Lean mis guiones, mis relatos, mis poemas cutres, y tendrán una perfecta radiografía de mi esquelético no ser. ¿Y saben? Voy a irme por las ramas.

Porque es curioso, el otro día un buen amigo me preguntó que por qué escribía, por qué dedicaba mi tiempo a ponerme ante un papel en blanco o una pantalla vacía ,y teclear, y teclear. Ustedes escriben, lo sé. Y escriben motivados por una necesidad que, paradójicamente, no puede describirse con palabras sin romper el alma del sentimiento mismo. Yo escribo porque no me dejaron jugar. Me explico y me confieso.

Siempre abandoné mis vicios de infancia ridiculamente tarde. Dejé el chupete con cinco años, a los once todavía dormía con un puto gusiluz y hoy me sigue dando miedo la oscuridad. Y dicho esto, resulta lógico que con quince años todavía jugara con mis muñecos. Y jugar con esa edad a Batman, o a Pressing Catch, no es algo que, cómo decirlo, esté bien visto socialmente. De hecho, siempre intenté ocultarlo, como una traba o un defecto congénito, como algo que si saliera a la luz me hundiría para siempre y destrozaría la reputación que nunca tuve. Pero yo me resistía a abandonar mis muñecos. Era el último bastión de mi infancia, el único lugar de mis recuerdos que no estaba lleno de pelo como lo empezaban a estar mis huevos (con perdón).

Sin embargo, al final terminé cediendo. Al final abandoné. Y fue duro, durísimo. Fue como desengancharse de una droga dura que nunca se deja del todo. Y desde ese momento, confirmé mi necesidad de escribir, la necesidad de crear, de jugar con personajes y mundos que nunca existirán más allá de mi imaginación y el papel. Por eso escribo, joder...Y esto no tiene que ver nada con el comienzo del post.

Escribo sobre los temas que más me interesan. En "Subtitulado", la mentira. En "El buen padre", la redención. En "Destroyers" (joder, qué cutre es), la violencia. Los siguientes temas que quiero tratar son los celos y la envidia. Dejemos de lado los primeros para centrarnos en la segunda. Soy un envidioso. Un jodido envidioso cabrón.

Por eso me encantan los supervillanos, me identifico con ellos. Son seres megalómanos y narcisistas que, aquejados por un galopante y agresivo complejo de inferioridad, necesitan alimentarse del dolor ajeno para acallar su propio dolor. Yo intento ser bueno. Desde que me levanto, lo único que intento es ser bueno. Pero a veces no me sale. Como Gollum al anillo, yo amo y odio al mundo como me amo y odio a mí mismo. Y no puedo alegrarme por los triunfos de la gente que me rodea, no puedo alegrarme si mi novia consigue un buen trabajo (esto es real), si mi amigo aprueba una oposición, si mi perra gana su tercer certamen canino. Intento sonreír, alegrarme por esos triunfos, pero lo único que consigo es acrecentar mi rabia (mi ira, joder), porque ellos consigan lo que yo no soy capaz de conseguir...¿Pero saben lo mejor? Que después todo pasa. Después de incendiar Roma, creo que Nerón apadrinó a tres niños. Después de mi insulto a destiempo y de mis desaires, viene la calma. A veces, incluso me arrepiento. Algún día dejaré de ser Octoppus para sentirme Peter Parker...

...Aunque mejor no...

...he aquí el final de un delirante post resacoso. Llegué a las nueve de la mañana, son las dos...

...Es hora de dormir...