Ayer terminé de leer "Descansa en paz", la nueva novela de John Ajvide Lindqvist. Y me puse a reflexionar. Durante el día, durante esa comida repetitiva y pocas veces sabrosa que sirven en el comedor de Globomedia, tuve la oportunidad de intercambiar unas palabras con un compañero sobre un tema que suele interesarnos al común de los mortales: las creencias religiosas.

Y ahora ya pueden empezar a lapidarme. No soy ateo, tampoco soy religioso. Abrazo y respeto algunos de los dictámenes de algunos evangelios pero no podría llegar a comulgar con la fe dogmática y a veces zafia, hipócrita y fanática de la iglesia católica. Digamos que he creado mi propio y particular sistema de valores.

De primeras, no entiendo el ateísmo radical, no soy capaz de comprender el escepticismo atroz de aquellos que esgrimen la ciencia como mecanismo de defensa ante aquello que no comprenden. No es ya una cuestión de fe, sino de imaginación y esperanza. Este escepticismo convierte en algo sórdido, trágico y terrible lo que debería ser algo natural. Hablo de la muerte.

No tengo miedo a morir. No puedo creer, no quiero, que fuimos nada y en nada nos convertiremos. No creo en la existencia de un Dios omnisciente, una conciencia ultraterrena que juzga nuestros actos y destinos. No creo en el cielo y en el Infierno. No creo en ello porque nos sitúa en la cúspide de este planeta y ese es el error. El homocentrismo, ese chauvinismo humano que nos hace creer que somos la base indispensable de la creación.

Prefiero pensar y creer fervientemente en el panteísmo de Spinoza, en la Fuerza de Obi Wan. No somos más que energía y la energía ni se crea ni se destruye. Creo sinceramente que todos, humanos y seres vivos, estamos conectados en una cadena que solo se romperá el día que mandemos este planeta al carajo. Y pensadlo, es una idea hermosa. Por eso, no le tengo miedo a la muerte. Únicamente representa la vuelta al seno materno, al lugar de donde venimos. Es nuestra manera de entrar y participar en el ciclo vital que cantaban en "El rey León".

Es la única manera de ser eternos...

PD: Espero no haber sido demasiado fúnebre. La vida es bella, coño. Hay que disfrutarla.